
Comisión de Economía, Cámara de Diputados
El trabajo dignifica ¿Dignifica?
El trabajo dignifica ¿Dignifica? – Pablo Sigot, trabajador de AYRES DEL SUR, inicia su intervención con una disculpa. Su testimonio es contundente y describe la situación que él y sus compañeros atraviesan tras el pedido de quiebra de la fábrica:
—“Hace 4 meses que no venimos cobrando. Vivimos de la ayuda de la gente de Río Grande, de la UOM, de vender bonos.”
Con la voz quebrada, dirige reproches a la política económica nacional. Pregunta, sin rodeos:
—“¿Qué están haciendo con este país? ¿A dónde nos van a llevar? ¿Qué quieren, que vivamos de la basura?¿Que comamos de la calle?”
Con la voz quebrada, dirige duros reproches a la política económica nacional. Se dirige a los diputados y a la audiencia con una serie de preguntas retóricas que evidencian una profunda desesperación: «¿Qué están haciendo con este país? ¿A dónde nos van a llevar? ¿Qué quieren que vivamos de la basura? ¿Que comamos de la calle?».
En la comisión de Economía de la Cámara de Diputados, Pablo cuenta una historia personal, pero colectiva, solo suya e igual a la de muchos, íntima y anónima a la vez que pública y conocida. Es la historia del desarraigo, de la «tierra prometida» del sur: las promesas de futuro en Tierra del Fuego AIAS, la tierra de las sombras largas, los días interminables, la lluvia y la nieve.
—“Yo me fui hace 20 años desde Buenos Aires. Dejé a mi familia para emprender una nueva vida. Me encontré con el frío, el viento y la soberanía, porque Tierra del Fuego es Malvinas, es la Antártida… y la están destruyendo.”
Tierra del Fuego, la de los expulsados y los aventureros, refugio de los aquerenciados, de los recién llegados, de la soberanía, la tierra del trabajo y de promesas se desgrana como el pan duro entre manos sin resistencia, sin forma, ni futuro. Hoy tierra del desamparo.
Uno a uno pasaron trabajadores representantes de diferentes sectores en la comisión de economía de la Cämara de Diputados, presidida por Julia Strada: De la fábrica JOHN FOOS, de FATE, de Lácteos VERÓNICA, de ACINDAR, representantes sindicales, incluso, algunos empresarios.
Más técnicos, más emotivos, con mayor grado de precisión los relatos compartieron un espíritu, ¿Cómo van a vivir los trabajadores? No es una pregunta menor, porque esconde otra más de fondo, incluso más global: ¿Cómo vamos a organizar nuestra vida en sociedad?
El trabajo como organizador social
Durante décadas el trabajo actúa como un eje central que moldea la vida social en múltiples planos: estructuraba el tiempo, porque la vida cotidiana giraba alrededor de horarios, rutinas, fines de semana, vacaciones; generaba vínculos sociales, ya que gran parte de nuestras relaciones se construyen a través de vínculos con compañeros y redes profesionales; moldea la identidad, pensa en la pregunta «¿a qué te dedicás?» indaga, en esencia, sobre la identidad de la persona. Y por supuesto organiza la economía doméstica dado que los ingresos derivados del trabajo determinan el consumo y las posibilidades de vida, estructurando las decisiones económicas y la dinámica del hogar.
Ese modelo —fábrica, jornada estable, salario relativamente previsible— no fue natural. Fue el resultado de décadas de conflicto, organización y negociación entre trabajadores, empresarios y Estado.
En Argentina, ese esquema se consolidó a mediados del siglo XX, de la mano del movimiento obrero organizado y su articulación con el Estado durante el gobierno de Juan Domingo Perón. Derechos que hoy parecen básicos —vacaciones pagas, aguinaldo, estabilidad relativa— fueron, en su momento, conquistas.
Lo que se construyó entonces fue algo más que un conjunto de normas laborales: fue un contrato social. Una promesa. Si trabajás, podés vivir. Podés proyectar. Podés imaginar que tus hijos van a estar mejor. Es decir, el trabajo genera las condiciones mínimas para que cada persona pueda buscar la forma de ser feliz en comunidad.
Pero ese modelo también tenía una base invisible. Durante buena parte del siglo XX, ese trabajo estable y masculino se sostenía sobre otro trabajo: el del hogar y de cuidados, realizado mayoritariamente por mujeres. Mientras unos ocupaban la fábrica, otras garantizaban la vida cotidiana.
Ese esquema se rompió, pero no se resolvió. Las mujeres se incorporaron masivamente al mercado laboral, pero las tareas de cuidado no desaparecieron. Se acumularon. Según el INDEC, las mujeres dedican en promedio el doble de tiempo que los varones al trabajo no remunerado.
El papel de los sindicatos
En ese mundo, los sindicatos cumplían un papel central: negociaban salarios, defendían condiciones laborales y, sobre todo, equilibraban la relación de fuerzas entre trabajadores y empleadores. Sin esa organización, el trabajador queda más expuesto.
Ese también es otro de los cambios del presente. Hoy los sindicatos ya no tienen ni la misma fuerza ni la misma legitimidad social. Parte de esa pérdida se explica por transformaciones estructurales: la caída del empleo formal y el crecimiento de formas de trabajo por fuera de los convenios colectivos les fue restando base y capacidad de representación.
Pero no es el único factor. En los últimos años, se instaló con fuerza una mirada que los presenta como espacios de privilegio. La idea de la “casta sindical” no es nueva, pero encontró terreno fértil en un contexto de crisis.
A eso se suma un elemento que impacta directamente en su legitimidad: las denuncias por violencia de género contra dirigentes sindicales. Entre los casos más visibles de Tierra del Fuego AIAS aparecen Ramón Moncho Calderón (UTHGRA), Pablo García (CECU), Luis Bechis (ex secretario general de UEJN), Javier Branca (Movimiento de Ocupantes e Inquilinos) y Emanuel Trentino (UTEDYC).
Estos hechos horadan la credibilidad de las estructuras que, históricamente, funcionan como representantes colectivos. Al mismo tiempo, el avance de estas causas muchas veces queda atravesado por disputas políticas y coyunturas de poder.
En paralelo, cambió el propio mundo del trabajo. En Argentina, más del 40% de los trabajadores se encuentra en la informalidad. A eso se suma el crecimiento del monotributo, que aumentó un 58,8% entre 2012 y 2025, consolidando formas de inserción laboral sin derechos plenos.
Cada vez más personas necesitan varias fuentes de ingreso para sostenerse. El trabajo dejó de ser un lugar estable y pasó a ser una suma de actividades: changas, trabajos temporales, plataformas digitales, emprendimientos de subsistencia.
La uberización de la economía
Es muy probable que hayas escuchado la frase «la uberización del trabajo es sinónimo de precarización». Esta afirmación es del sociólogo brasileño Ricardo Antunes, quien argumenta que este esquema de organización laboral representa un retroceso a un capitalismo primitivo donde se naturaliza el trabajo sin derechos.
Si antes el trabajo organizaba el tiempo de forma clara, hoy lo hace desde la disolución. El esquema de las “8 horas” no era solo una regulación laboral: era una forma de ordenar la vida. Separaba trabajo, descanso y ocio. Permitía proyectar.
Hoy, la frontera entre el trabajo y el no-trabajo se volvió borrosa. El ámbito laboral irrumpe en todas partes a través del celular en el hogar, e incluso durante los momentos de descanso. La idea de un «fuera del trabajo» ya no existe, ya que las tareas se encadenan, los ingresos se superponen y se vive en una disponibilidad permanente.
Como consecuencia, se trabaja más, pero se experimenta una menor estabilidad. El tiempo, antes una estructura definida, se transformó en un problema de escasez de los trabajadores y en un privilegio de los ricos..
Entonces ¿el trabajo dignifica? Durante décadas, la respuesta parecía obvia. Hoy, ya no tanto. Porque el trabajo no desapareció. Se transformó. Se multiplicó, se fragmentó, se volvió inestable. Se metió en todos los rincones de la vida, pero dejó de garantizar lo básico.
La promesa que organizó generaciones —trabajar para vivir mejor— se quebró. Y en esa ruptura, lo que aparece no es solo incertidumbre económica. Es una dificultad para proyectar, para sostener y para imaginar futuro.
Luz Scarpati

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