No faltan bebés, falta futuro

No faltan bebés, falta futuro

No faltan bebés, falta futuro.. En un momento determinado, no importa cuál, una persona -quizás aburrida, quizás peligrosa, quizás militante de una fuerza política antiderechos-  mira la curva de nacimientos, frunce el ceño, se acomoda su corbata imaginaria de la moral pública y anuncia que el problema es el aborto. Así, sin más, sin datos, sin historia, sin contexto, sin vergüenza. Como si Argentina hubiera sido hasta ayer una idílica postal familiar con mantel de hule, cuatro hijos por casa y un golden retriever y de pronto una ley hubiera pateado la puerta para arruinarlo todo.

Según datos del INDEC, la tasa de fecundidad —que cuantifica los nacimientos en función de la población de personas gestantes en edad fértil— muestra una caída sostenida desde 1991. Para 2022, ese índice llegó en Tierra del Fuego a alrededor de 1  hijo por mujer. Es decir, la provincia pasó de niveles altos de fecundidad a un escenario de fecundidad muy baja, por debajo del nivel de reemplazo generacional, que es 2,1 hijos por persona gestante..

Además, también con datos del INDEC, desde 1985 hasta la actualidad la tasa bruta de natalidad en Tierra del Fuego cayó alrededor de un 83%. El indicador pasó de aproximadamente 41 nacimientos anuales cada mil habitantes en 1985 a cerca de 7 nacimientos cada mil habitantes en los últimos registros disponibles, lo que muestra una reducción muy marcada de la natalidad en la provincia durante las últimas cuatro décadas.

En 1985 no había aborto legal (ni siquiera había divorcio), ni ESI, sin embargo la tasa de natalidad comenzó a disminuir desde ese año. Este cambio se originó en un país que ya no es el mismo, impulsado por generaciones que pasaron de tener muchos hijos por costumbre a cuestionarse: si deseaban tenerlos, si podían, si convenía, si alcanzaba, si había con quién, si había dónde..

El INDEC plantea en el Dossier estadístico por el Día Internacional de la Mujer: la reducción de los nacimientos y el aumento de la esperanza de vida están cambiando la estructura poblacional argentina. Hay menos peso relativo de los grupos más jóvenes y más presencia de personas mayores. Nacen menos chicos y la gente vive más. No es una alarma moral. Es el siglo XXI tocando la puerta.

En la misma línea, el Dr. Jorge Farina, referente del programa de Salud Sexual y Reproductiva provincial, desestimó la supuesta relación entre la legalización del aborto y la caída en la tasa de natalidad. En declaraciones difundidas por la Asociación Civil La Hoguera, Farina señaló que el descenso de los índices de natalidad es una tendencia observada desde hace años, con una marcada profundización a partir de 2015. Además, destacó que no se registra un aumento anual en las interrupciones voluntarias de embarazo (IVE) en el Hospital Regional Ushuaia desde que la práctica fue legalizada.

Por último,  el Dr. Farina hizo una aclaración crucial para la correcta interpretación de la comparación entre IVE y nacimientos: los abortos se concentran en el sistema de salud pública de Ushuaia, dado que el sector privado no realiza la práctica y en Río Grande y Tolhuin no hay profesionales de segundo nivel capacitados para llevarlas a cabo, mientras que los nacimientos se distribuyen entre los sistemas de salud público y privado.

Por eso, comparar solo las IVE del sistema público con los nacimientos de un hospital público puede llevar a una lectura incompleta. Si se considera también el sector privado, la cantidad total de nacimientos es considerablemente mayor que la que aparece en el registro hospitalario público, lo que permite inferir que en la provincia los nacimientos superan ampliamente a las interrupciones voluntarias del embarazo.

La pregunta, entonces, no debería ser “qué hicieron las mujeres con la natalidad”, como si la reproducción fuera una obligación laboral incumplida. La pregunta debería ser qué pasó con la vida. Qué pasó con el trabajo, con la vivienda, con el amor, con las parejas, con los sueldos, con el tiempo, con los cuidados, con la posibilidad concreta de imaginar un futuro sin sentir que una está firmando un pagaré en blanco contra el universo.

Mientras algunos hablan de “baja de natalidad” como si estuvieran revisando el tablero de control de una fábrica, las mujeres viven vidas reales. Estudian más, trabajan más, se endeudan más, cuidan más, duermen menos y cargan con la expectativa persistente de que, además, deberían parir para sostener la estadística. El INDEC muestra que las mujeres tienen mayores niveles educativos que los varones: en 2025, el 35,7% de las mujeres de 25 años y más había accedido al nivel superior o universitario, completo o incompleto, frente al 27,7% de los varones.

Ese dato tiene una potencia enorme. Las mujeres permanecen más tiempo en el sistema educativo, proyectan carreras, imaginan trabajos, autonomía, independencia, viajes, alquileres, mudanzas,  nuevos comienzos. La maternidad, entonces, deja de aparecer como un destino inevitable al final de la adolescencia o al comienzo de la adultez. Pasa a ser una decisión que compite —sí, compite— con otras formas de vida. Con estudiar. Con trabajar. Con irse. Con volver. Con no depender. Con no repetir historias ajenas. Con no tener un hijo en medio de una economía que parece diseñada por un algoritmo déspota.

Pero el diploma no paga el alquiler y la formación no siempre abre la puerta del empleo registrado. Ahí aparece la trampa. Las mujeres estudian más, pero el mercado laboral sigue recibiéndolas con el entusiasmo de una ameba. El informe del INDEC muestra que tienen menores tasas de empleo que los varones en todos los grupos de edad, mayor subocupación horaria y más presencia en puestos no registrados. En 2024, el 27,2% de los puestos ocupados por mujeres correspondía a asalariadas no registradas, frente al 22,7% entre los varones.

Y cuando cobran, cobran menos. En los puestos asalariados no registrados, por cada 100 pesos que cobra un varón, una mujer cobra 56. En los puestos registrados también hay brecha, y se agranda con la edad: por cada 100 pesos que ganaba un varón registrado de 50 años o más, una mujer de la misma edad ganaba 68. En ese escenario frente a la pregunta ¿Por qué no tenés hijos? La respuesta es un abanico de mil cuestionamientos:

¿con qué plata?, ¿con qué tiempo?, ¿con qué estabilidad?, ¿con qué red?, ¿con qué cuerpo después de trabajar, cuidar y sobrevivir?

Durante algún tiempo hubo tres maneras de financiar la vejez —la familia, el ahorro y la jubilación—, pero las nuevas generaciones enfrentan un clima mucho menos favorable. Tienen menos hijos, acceder a un trabajo estable es más difícil, comprar vivienda es más oneroso, ahorrar es incierto y las jubilaciones futuras no aparecen como una recompensa razonable. Eso también forma parte de la caída de la natalidad. No como causa única, sino como atmósfera espesa, cargada de deuda, precariedad y escepticismo.

Mientras tanto, la población envejece. El INDEC muestra que en 2022 el 13,2% de las mujeres tenía 65 años o más, frente al 10,2% de los varones. Y en el grupo de 85 años y más, por cada 100 varones había 228 mujeres. La vejez, en Argentina, también tiene rostro de mujer. Y eso obliga a mirar el problema completo: no solo quién nace, sino quién cuida, quién llega a viejo, quién cobra una jubilación, quién vive sola, quién depende de una hija, una vecina, una cuidadora mal paga o un sistema público sobrecargado.

Ahí está el punto: una sociedad que envejece no necesita menos derechos reproductivos. Necesita más políticas de cuidado. Más empleo registrado. Más igualdad salarial. Más acceso a la vivienda. Más salud. Más corresponsabilidad. Más comunidad. Más imaginación institucional. Pretender resolver el envejecimiento poblacional empujando a las mujeres a parir es tan brutal como ineficaz.

Por eso, asociar la caída de la natalidad con el aborto no es solo una mala lectura de los datos. Es una operación política. Una forma de correr la mirada. En vez de hablar de salarios, vivienda, licencias, jardines maternales, empleo registrado, igualdad en los cuidados, salud sexual y reproductiva, vínculos frágiles, precariedad laboral y futuro previsional, se señala el cuerpo de las mujeres. Se instala una sospecha: si nacen menos chicos, la culpa sería de quienes ahora pueden decidir.

Y ahí empieza el peligro. Porque cuando una sociedad convierte la natalidad en una orden, la discusión se vuelve disciplinadora. Ya no se pregunta qué condiciones hacen falta para que alguien pueda maternar si lo desea. Se empieza a sugerir que la libertad reproductiva es un lujo, un exceso, una amenaza para la economía, para el sistema jubilatorio, la patria, para la humanidad toda. Primero vienen los gráficos. Después vienen los sermones. Después, si te descuidás, vienen las restricciones.

Pero los datos ordenan la discusión La natalidad venía cayendo desde mucho antes del aborto legal. Las mujeres estudian más, pero trabajan en peores condiciones. Cobran menos. Los datos evidencian que los hogares monoparentales tienen mayoritariamente jefatura femenina; que la vivienda es una odisea; que la vejez se feminiza y que las instituciones siguen intentando ordenar el presente con mapas del pasado.

Si de verdad preocupa que nazcan menos chicos, la respuesta no es perseguir derechos. Es construir un mundo donde tener hijos no sea una hazaña económica o una condena a la sobrecarga. Un mundo donde maternar sea posible sin empobrecerse, sin quedarse sola, sin abandonar proyectos, sin depender de la buena voluntad de una red agotada. Un mundo donde no maternar también sea una opción respetada.


Comentarios

2 respuestas a «No faltan bebés, falta futuro»

  1. Excelnte análisis Luz!!!

    1. Avatar de Gamera Podcast
      Gamera Podcast

      Muchas gracias Silvia!

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